La vandalización en el arte, de algún modo, se ha naturalizado con las estatuas que fueron derribadas con el movimiento contra el racismo, aún en curso. En diversos continentes, el primer paso de esta inmensa movilización fue atacar a los símbolos de un poder que, durante siglos y formas distintas, exhibió a sus líderes traficantes de esclavos. Formó parte de una lucha política cuyo detonante fue el asesinato de George Floyd en Estados Unidos (en el centro de la capital tucumana sucedió algo similar con Ceferino Nadal, cuyas fotos se han distribuido en todo el país. Pero no hubo reacción; son las prácticas que justificó el ministro gendarme Claudio Maley).
La Real Academia Española de las Letras define vandalizar como “maltratar o destruir una instalación o un bien público”. ¿Pero qué sucede cuando los artistas admiten que la destrucción total o parcial de sus trabajos está en sus previsiones?
“Creo que el recorrido de una estatua, las intervenciones a un monumento y hasta los grafitis, resignifican”, afirma Res, un artista que en Tucumán vivió esa situación. “No me interesa juzgar si está bien o mal en términos políticos, éticos o históricos, sino pensarlo desde la estética”, reflexiona.
En esta ciudad, en particular, esa vandalización ha llegado al extremo del robo de una escultura en el Parque 9 de Julio en 2018, en la zona del Lago. “Meditación” tenía 2.500 kilos y su valor se cotizaba por el material con el que estaba realizado.
Fue una de las tantas esculturas que encargó en Europa Juan B. Terán en la década del 20 del siglo pasado; eran calcos, varias de los cuales fueron destruidos. Dos meses después apareció la obra. Pero sigue siendo un misterio: no se saben los motivos del robo ni quiénes lo cometieron.
Cuando sus autores no existen en este mundo, son quienes defienden ese poder (más, mucho más que los símbolos), los que salen en su defensa. Pero cuando los artistas están presentes, sus opiniones son distintas.
Una intervención artística reivindicativa de los derechos de las mujeres en la fachada del Museo Provincial de Bellas Artes Timoteo Navarro, parte de la acción denominada “Cuerpos sudados” fue destruida: desaparecieron algunas lonas pintadas y otras fueron dañadas en 9 de Julio 44, en marzo de 2018. El hecho fue denunciado: “Desde el Grupo Intervencionista Tucumán queremos llamar a la reflexión sobre lo sucedido a un día y medio de haber sido inaugurada. No podemos dejar de preguntarnos y comparar lo sucedido con lo que soportamos por ser mujeres”, se planteó.
Completar
Otra fue la actitud de artistas que vivieron situaciones similares en esta provincia. En julio de 2017 en el Museo de la UNT, fue dañada la obra que ganó el primer premio en el Salón de Arte Contemporáneo. “El desplazamiento de la voluntad”, de Nicolás Pontón, fue tajeada. El hecho se había producido durante el mediodía, en medio de una visita guiada. Pero la obra fue reparada a los pocos días, con el mismo material que había sido efectuada en Buenos Aires. El realizador aclaró que cada espectador podía completar su obra. ¿No es acaso lo indefinible lo más seductor, atractivo y provocador? En esa creación hay algo visible y algo invisible.
“No sé cómo fue la rotura de la obra y desconozco quién lo hizo o cuáles fueron sus motivaciones, así que no estoy seguro de cómo interpretarlo”, le dijo el artista a LA GACETA en su momento. Y agregó: “supongo que podría entenderse de distintas maneras, pero creo que es interesante cuando las obras (o incluso la propuesta de una institución, si es que la acción estuvo dirigida al museo más que a la obra), generan una reacción, por más que se exprese de esta manera”.
En 2016, “Una puerta y dos ventanas. Imagen del Bicentenario” que se tituló la obra realizada por Res, fue semidestruida antes de la inauguración en la puerta de la Casa Histórica.
El proyecto, que abría una edición de la Bienal de Fotografía Documental, era tapiar la puerta y las dos ventanas del monumento nacional con 1.500 kilos de periódicos de circulación nacional, con las noticias de los eventos más relevantes de los últimos 200 años, para “demostrar cómo los medios pueden facilitar o entorpecer las emancipaciones”, según la propuesta.
Un comerciante irrumpió en el edificio cerca de las 9.30 y comenzó a destruir la obra, junto a un ayudante. “A la Casa Histórica se la respeta; es de los tucumanos y no se puede hacer lo que quiera con ella”, gritaba.
El creador tomó la decisión de dejar las cosas como estaban. “Esto es una obra colectiva. Una parte la hicieron todos los participantes de ayer y la otra la hizo este señor intolerante, que también es parte de nosotros. Todos somos parte de esta sociedad. Lo que hizo él, estuvo cargado de odio, pero tenemos que aceptar que es así”, afirmó en un comunicado el artista, que fue difundido por la Bienal.
Se podría pensar que -sin querer- completó la obra, generó otro significado. La violencia, la intolerancia, irrumpiendo.
A principios de 2014 una exposición de Florencia Wagner, en la sala semicircular del Centro Cultura Virla, también sufrió destrozos. De 39 piezas de la muestra, fueron sustraídos seis dibujos. “Mi obra, ‘El Hombrecito y la Odisea’, ha quedado incompleta e inutilizada”, denunció la artista, quien reclamó una reparación.
No se conoce si hubo algún tipo de indemnización, pero a fines de ese año se ubicaron cámaras de seguridad en el edificio de 25 de Mayo 265.